domingo, 13 de junho de 2010
Escrita silenciosa
Há dias em que escrevemos sem escrever. Contamos o ocorrido sem dizer nada, sem que palavra alguma desça até a folha. Hoje é um desses dias. Tudo que quero contar do vivido neste dia, estará no silêncio desta folha.
sábado, 12 de junho de 2010
A vida não pode ser substiuída por nenhuma tecnologia
A vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, da natureza que for: empresarial, comercial, financeira, nem tampouco psicológica, teológica, sociológica ou ideológica.
A vida é mais, é sempre mais, é outra coisa. É algo que se nos escapa de contínuo, quanto mais a tentamos aprisionar, controlar, direcionar.
Dir-se ia que seria mais sábio, como diz a canção, nos deixarmos levar por ela: vida, leva eu.
Não há dia em que não venha alguma lembrança de um passado obscuro, tenebroso, aterrorizante, assustador, a ser visto como o adubo do qual nasce este presente, esta flor de lótus que é a hora atual, este instante fecundo do qual brotam todas as possibilidades.
Não há pessoa que não conviva com alguma sombra, com conflitos interiores que por vezes a levam a pensar que deveria se trair, que não haveria para ela esperança nem horizonte mais à frente.
No entanto, no meio da escuridão, ou às vezes depois da tormenta, aparece a luz. Ela brilha na escuridão de dentro de ti, de mim, de cada pessoa humana, porque isto não é para alguns e não para outros: ocorre com todo existente.
Não há luz sem sombra, diz o Tao. Não há movimento sem quietude, nem dia sem noite ou vida sem morte, a vida é o giro eterno do eterno círculo dos pólos contrários que se complementam na sua oposição.
Ao dizermos que a vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, queremos dizer que a vida é mais, e sempre mais do que as nossas tentativas de compreendê-la e explicá-la, controlá-la ou direcioná-la.
Isto não significa que não se possa ou não se deva planejar, mas é necessário saber que estamos sempre a fazer esboços, e que o traço final será sempre imprevisível, sempre será algo que não estava nos nossos planos, pois a vida é o que nos surpreende, sempre.
A vida é mais, é sempre mais, é outra coisa. É algo que se nos escapa de contínuo, quanto mais a tentamos aprisionar, controlar, direcionar.
Dir-se ia que seria mais sábio, como diz a canção, nos deixarmos levar por ela: vida, leva eu.
Não há dia em que não venha alguma lembrança de um passado obscuro, tenebroso, aterrorizante, assustador, a ser visto como o adubo do qual nasce este presente, esta flor de lótus que é a hora atual, este instante fecundo do qual brotam todas as possibilidades.
Não há pessoa que não conviva com alguma sombra, com conflitos interiores que por vezes a levam a pensar que deveria se trair, que não haveria para ela esperança nem horizonte mais à frente.
No entanto, no meio da escuridão, ou às vezes depois da tormenta, aparece a luz. Ela brilha na escuridão de dentro de ti, de mim, de cada pessoa humana, porque isto não é para alguns e não para outros: ocorre com todo existente.
Não há luz sem sombra, diz o Tao. Não há movimento sem quietude, nem dia sem noite ou vida sem morte, a vida é o giro eterno do eterno círculo dos pólos contrários que se complementam na sua oposição.
Ao dizermos que a vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, queremos dizer que a vida é mais, e sempre mais do que as nossas tentativas de compreendê-la e explicá-la, controlá-la ou direcioná-la.
Isto não significa que não se possa ou não se deva planejar, mas é necessário saber que estamos sempre a fazer esboços, e que o traço final será sempre imprevisível, sempre será algo que não estava nos nossos planos, pois a vida é o que nos surpreende, sempre.
domingo, 6 de junho de 2010
Caminos de unidad
Existe una profunda convergencia entre la meditación, la desalienación, el placer, el arte, y otras prácticas sociales en que la persona vuelve a ser ella misma.
Entre estas últimas, la terapia comunitaria, que es un espacio de escucha activa de si mismo, en que uno se descubre en el otro, en los otros. Hay un reconocimiento mutuo, se pierde la sensación de separatividad y aislamiento, y se recupera la sensación y la experiencia de unidad. Por un lado, Jung con su abordaje del inconsciente colectivo, por otro lado, las experiencias de meditación como vivenciadas por Jesús, Gandhi, Ramakrishna, San Francisco de Asís.
Uno y otro camino llevan a lo mismo, a la vivencia de la unidad, a una experiencia de que todo está unido, de que formamos parte de la totalidad. Entonces el concepto de Dios no es una entelequia abstacta.
Cuando la persona se descubre parte del todo, o mejor dicho, cuando ella recuerda, vivencialmente, experimentalmente, que ella es parte de la totalidad, toda su vida cambia, para mejor. Deja de sufrir por cosas que antes la afligían, como las sensaciones de pérdida de sentido y vacío existencial, que empujan millares de personas por todo el mundo, a cosas como el consumismo, la drogadicción, la depresión, el suicidio, la anomia, la alienación.
Días atrás, leyendo un libro de Hermann Hesse, reflexionaba sobre lo que el escritor decía sobre su experiencia espiritual. Dice el autor que él podía vivir sin instituciones religiosas, pero no podía vivir sin fe. Rastreando las fuentes cristianas e hinduistas de su experiencia, Hermann Hesse menciona la preocupación insistente, casi obsesiva, del hinduismo con la unidad.
De hecho, el hinduismo, al igual que el mensaje de Jesús (Yo y el padre somos uno), rompe con la disociación, afirmando la unidad. Tú eres Aquello (Tat Tvam Asi). La persona no tiene que transformarse en Dios, ella es Dios. Esta afirmación de radical unidad es revolucionaria, si se piensa que vivimos en un sistema que vive de la separatividad, de la disociación, de la exclusión, del no-reconocimiento de sí, de la anomia y la alienación.
En efecto, el sistema capitalista es eso: la afirmación de la divergencia, mientras que la vida, al contrario, llama a la convergencia. Por eso se dice que el capitalismo es un sistema intrínsecamente perverso. Invierte la realidad, muestra la apariencia y esconde la esencia. Rompe la unidad, crea pedazos, fragmentos de personas, fragmentos de vida. El arte y el placer, por otro lado, son también caminos hacia la unidad. Estas breves anotaciones no pretenden ser más que eso, esbozos de lo que se siente y se vive en busca de la unidad.
Cada uno es un camino hacia sí mismo, y todos, en conjunto, somos caminos de retorno de una humanidad que se pierde en la mercantilización y el utilitarismo, en el objetivismo y la cosificación, y se reencuentra en la solidaridad y en las prácticas de fraternidad. No se necesitan nuevos discursos, nuevas teorías o interpretaciones, sino nuevas experiencias, para ser feliz.
La felicidad está al alcance de la mano, en realidad, en las manos de cada persona, y de la humanidad como conjunto. Consiste en ser uno quien es, y esto se aplica a cada individuo, y a la sociedad, o a las comunidades como la familia, los grupos religiosos o de otra índole. La identidad refleja lo que uno es, y eso se aplica a lo personal y a lo colectivo. La identidad se pierde cuando lo esencial se confunde con lo aparente, y toda disociación es oriunda de la pérdida del sentido original de pertenencia.
El individuo cuando se redescubre vinculado al todo, parte de la comunidad y de la historia, del tiempo y de la vida, se recupera de todos sus males.
Vuelve a ser feliz, con esa felicidad original que se tiene de niño, antes de que los traumas empiecen a hacer llorar a ese niño o niña que, en al vida adulta, somos obligados a traer de vuelta, pues es nuestro primer maestro. Es quien conoce el camino de regreso: el placer, la alegría, la simplicidad, la confianza, la despreocupación. Todos los caminos conducen a Roma, podríamos decir, a título de conclusión provisoria de estas reflexiones. Y los caminos son muchos, tantos cuantas personas hay o hubo en el mundo, pues la continuidad de la vida muestra la conexión indestructible de todo lo que es, lo que fue, y lo que será.
Entre estas últimas, la terapia comunitaria, que es un espacio de escucha activa de si mismo, en que uno se descubre en el otro, en los otros. Hay un reconocimiento mutuo, se pierde la sensación de separatividad y aislamiento, y se recupera la sensación y la experiencia de unidad. Por un lado, Jung con su abordaje del inconsciente colectivo, por otro lado, las experiencias de meditación como vivenciadas por Jesús, Gandhi, Ramakrishna, San Francisco de Asís.
Uno y otro camino llevan a lo mismo, a la vivencia de la unidad, a una experiencia de que todo está unido, de que formamos parte de la totalidad. Entonces el concepto de Dios no es una entelequia abstacta.
Cuando la persona se descubre parte del todo, o mejor dicho, cuando ella recuerda, vivencialmente, experimentalmente, que ella es parte de la totalidad, toda su vida cambia, para mejor. Deja de sufrir por cosas que antes la afligían, como las sensaciones de pérdida de sentido y vacío existencial, que empujan millares de personas por todo el mundo, a cosas como el consumismo, la drogadicción, la depresión, el suicidio, la anomia, la alienación.
Días atrás, leyendo un libro de Hermann Hesse, reflexionaba sobre lo que el escritor decía sobre su experiencia espiritual. Dice el autor que él podía vivir sin instituciones religiosas, pero no podía vivir sin fe. Rastreando las fuentes cristianas e hinduistas de su experiencia, Hermann Hesse menciona la preocupación insistente, casi obsesiva, del hinduismo con la unidad.
De hecho, el hinduismo, al igual que el mensaje de Jesús (Yo y el padre somos uno), rompe con la disociación, afirmando la unidad. Tú eres Aquello (Tat Tvam Asi). La persona no tiene que transformarse en Dios, ella es Dios. Esta afirmación de radical unidad es revolucionaria, si se piensa que vivimos en un sistema que vive de la separatividad, de la disociación, de la exclusión, del no-reconocimiento de sí, de la anomia y la alienación.
En efecto, el sistema capitalista es eso: la afirmación de la divergencia, mientras que la vida, al contrario, llama a la convergencia. Por eso se dice que el capitalismo es un sistema intrínsecamente perverso. Invierte la realidad, muestra la apariencia y esconde la esencia. Rompe la unidad, crea pedazos, fragmentos de personas, fragmentos de vida. El arte y el placer, por otro lado, son también caminos hacia la unidad. Estas breves anotaciones no pretenden ser más que eso, esbozos de lo que se siente y se vive en busca de la unidad.
Cada uno es un camino hacia sí mismo, y todos, en conjunto, somos caminos de retorno de una humanidad que se pierde en la mercantilización y el utilitarismo, en el objetivismo y la cosificación, y se reencuentra en la solidaridad y en las prácticas de fraternidad. No se necesitan nuevos discursos, nuevas teorías o interpretaciones, sino nuevas experiencias, para ser feliz.
La felicidad está al alcance de la mano, en realidad, en las manos de cada persona, y de la humanidad como conjunto. Consiste en ser uno quien es, y esto se aplica a cada individuo, y a la sociedad, o a las comunidades como la familia, los grupos religiosos o de otra índole. La identidad refleja lo que uno es, y eso se aplica a lo personal y a lo colectivo. La identidad se pierde cuando lo esencial se confunde con lo aparente, y toda disociación es oriunda de la pérdida del sentido original de pertenencia.
El individuo cuando se redescubre vinculado al todo, parte de la comunidad y de la historia, del tiempo y de la vida, se recupera de todos sus males.
Vuelve a ser feliz, con esa felicidad original que se tiene de niño, antes de que los traumas empiecen a hacer llorar a ese niño o niña que, en al vida adulta, somos obligados a traer de vuelta, pues es nuestro primer maestro. Es quien conoce el camino de regreso: el placer, la alegría, la simplicidad, la confianza, la despreocupación. Todos los caminos conducen a Roma, podríamos decir, a título de conclusión provisoria de estas reflexiones. Y los caminos son muchos, tantos cuantas personas hay o hubo en el mundo, pues la continuidad de la vida muestra la conexión indestructible de todo lo que es, lo que fue, y lo que será.
sexta-feira, 4 de junho de 2010
Reconstrucción
No hay ningún mérito especial en que una persona haya sobrevivido a una catástrofe, aún que esta catástrofe no haya sido natural sino planeada cuidadosamente, como la operación masacre ejecutada en Argentina por el llamado ejército nacional, entre 1976 y 1982, completada, en sus aspectos económicos y sociales, por el gobierno de Menem.
Unos destruyeron la gente, las instituciones, la confianza, los valores humanos como un todo. Este último, continuó la obra destructiva entregando lo que restaba de la riqueza nacional al extranjero. Se perdieran así, los teléfonos, el petróleo, sectores claves de la economía y de la subsistencia del país, dejándolos en manos del interés privado.
Quien tuvo la suerte o el destino de sobrevivir al genocidio que el nazismo asestó a nuestro pueblo y a nuestra patria, pudo, de a poco, con el auxilio solidario de mucha gente, irse rehaciendo, y lo seguirá haciendo, pues la tarea es constante, cotidiana.
Lo que la antipatria destruyó de un golpe, lo viene uno recomponiendo en minúsculos y repetidos actos diarios, año tras año, minuto a minuto, día tras día.
Si la Argentina se recompondrá de las sucesivas destrucciones a que la sometieron los gobiernos antinacionales y antipopulares desde mediados de la década de 1950 hasta hoy, es algo que está por verse. La resiliencia no se aplica sólo a personas, sino a países, me parece. Quiero creerlo.
Si es así, cabe esperar que con la misma fuerza que nos azotaron como personas y como pueblo, como país, como Argentina, podremos levantarnos con tanta o más fuerza que la que usaron para intentar aniquilarnos.
Unos destruyeron la gente, las instituciones, la confianza, los valores humanos como un todo. Este último, continuó la obra destructiva entregando lo que restaba de la riqueza nacional al extranjero. Se perdieran así, los teléfonos, el petróleo, sectores claves de la economía y de la subsistencia del país, dejándolos en manos del interés privado.
Quien tuvo la suerte o el destino de sobrevivir al genocidio que el nazismo asestó a nuestro pueblo y a nuestra patria, pudo, de a poco, con el auxilio solidario de mucha gente, irse rehaciendo, y lo seguirá haciendo, pues la tarea es constante, cotidiana.
Lo que la antipatria destruyó de un golpe, lo viene uno recomponiendo en minúsculos y repetidos actos diarios, año tras año, minuto a minuto, día tras día.
Si la Argentina se recompondrá de las sucesivas destrucciones a que la sometieron los gobiernos antinacionales y antipopulares desde mediados de la década de 1950 hasta hoy, es algo que está por verse. La resiliencia no se aplica sólo a personas, sino a países, me parece. Quiero creerlo.
Si es así, cabe esperar que con la misma fuerza que nos azotaron como personas y como pueblo, como país, como Argentina, podremos levantarnos con tanta o más fuerza que la que usaron para intentar aniquilarnos.
quinta-feira, 3 de junho de 2010
La terapia comunitaria como modo de vida
Muchas veces he reflexionado acerca de cómo la vida de uno cambia a partir del momento en que uno se forma en terapia comunitaria. No es solamente que uno aprende alguna cosa nueva, que de hecho se aprende. Es que uno vuelve a ser uno mismo, lo cual es un hecho transcendental. Uno vuelve a ser uno mismo, y esto es un proceso objetivo tanto cuanto subjetivo.
De a poco, tu ser, que se había enajenado en papeles sociales que te alienaban, que hacían de vos una cosa, una máquina de cumplir obligaciones, vuelve a ser el mismo ser que siempre habías sido, pero que estaba tapado, oprimido, negado, por la capa externa que te iba asfixiando poco a poco.
Este regreso de uno a uno mismo, este retorno de la persona a lo que ella es, tiene el valor de un nuevo nacimiento, y esto es lo que yo vengo experimentando, tanto en mí mismo como en los demás, con quienes vengo participando de ruedas de terapia comunitaria, encuentros de formadores, cursos de formación, intermisiones.
Cuando se evalúa, como ya ha sido evaluado, el impacto de la terapia comunitaria en la vida de las personas, el ítem número uno es el empoderamiento personal. Otra vez la persona siente que puede, se da cuenta de que ella es capaz. Se descubre parte activa en una red de relaciones, en el proceso histórico de su vida, y de la vida de su familia, de su país, de su región, del mundo en que vivimos.
Varias investigaciones han confirmado este hecho de capital importancia, de redescubrimiento del propio ser, del ser auténtico, a través de la terapia comunitaria como modo de vida, como forma de verse a uno mismo y a los demás, como manera de encarar la vida todos los días, con una nueva relación de afecto por uno mismo y por los demás, con una nueva esperanza y una nueva forma de pensar y de sentir.
De a poco, tu ser, que se había enajenado en papeles sociales que te alienaban, que hacían de vos una cosa, una máquina de cumplir obligaciones, vuelve a ser el mismo ser que siempre habías sido, pero que estaba tapado, oprimido, negado, por la capa externa que te iba asfixiando poco a poco.
Este regreso de uno a uno mismo, este retorno de la persona a lo que ella es, tiene el valor de un nuevo nacimiento, y esto es lo que yo vengo experimentando, tanto en mí mismo como en los demás, con quienes vengo participando de ruedas de terapia comunitaria, encuentros de formadores, cursos de formación, intermisiones.
Cuando se evalúa, como ya ha sido evaluado, el impacto de la terapia comunitaria en la vida de las personas, el ítem número uno es el empoderamiento personal. Otra vez la persona siente que puede, se da cuenta de que ella es capaz. Se descubre parte activa en una red de relaciones, en el proceso histórico de su vida, y de la vida de su familia, de su país, de su región, del mundo en que vivimos.
Varias investigaciones han confirmado este hecho de capital importancia, de redescubrimiento del propio ser, del ser auténtico, a través de la terapia comunitaria como modo de vida, como forma de verse a uno mismo y a los demás, como manera de encarar la vida todos los días, con una nueva relación de afecto por uno mismo y por los demás, con una nueva esperanza y una nueva forma de pensar y de sentir.
quarta-feira, 2 de junho de 2010
Un mundo sin estado
Las recientes agresiones de Israel a un grupo de personas que llevaba ayuda humanitaria a los palestinos de los campos de exterminio de Gaza, me han hecho pensar, como deben haber hecho pensar a mucha gente en el mundo, en lo que es el estado, el estado fascista, nazi, sionista, y los mecanismos estatales de dominación, de explotación y de muerte.
Más allá o más acá de los hechos que Israel protagoniza, cercando y matando de hambre a los palestinos sitiados en los campos de exterminio, queda el hecho de que la vida de las personas sigue en manos de quienes dicen que deberían protegerla. El estado es y será, no hay como deje de ser, un mecanismo de robo, de explotación, de engaño y de muerte.
Pienso en Imagine, de John Lennon, y no puedo dejar de soñar, como mucha gente deberá estar soñando a lo largo y a lo ancho del mundo, con un mundo sin fronteras, sin militares, sin bombas ni fusiles, sin violencia ni muerte.
Yo sé que esto puede parecer imposible, pero algo me dice que un día podremos vivir sin cadenas, sin mentiras, sin engaños, sin corrupción, sin ejércitos ni torturas, sin campos de concentración o de exterminio, sin fuerza bruta, sin estado.
Un mundo sin explotadores ni explotados, donde la existencia de cada uno sea una posibilidad de crecimiento para los demás, y no una condición o posibilidad de explotación, como en el sistema actual. Y cuando digo sistema, me refiero a un modo de relacionarse las personas entre sí, con el tiempo, con las cosas, con la vida, con la naturaleza.
El modo capitalista instaura la relación única de la dominación, de la apropiación privada, del tener en vez del ser. Es un sistema o un modo de relacionarse, que vive de la exclusión, de la separatividad, del yo tengo y vos no, yo soy y vos no.
En el sistema o modo capitalista, el otro o es un obstáculo a eliminar, y ahí viene la lógica bélica, la de la guerra, la del matar para vencer, o bien el otro es alguien a quien dominar, a quien explotar, de quien sacar energías para mi beneficio propio y personal, con exclusión del colectivo o social.
En el mundo sin estado que muchos soñamos, no habrá necesidad de mediadores, de alguien que lucre con la vida ajena, nadie que viva para que otros vivan mejor mientras él o ella se hunde y se degrada, se transforma en cosa. Ese otro mundo es posible, depende de otros estados de conciencia que no son el de la propiedad privada ni el de la exclusión. Supone otra ética, otros principios y otros valores, ya enunciados y practicados por millares de personas por todo el mundo.
Más allá o más acá de los hechos que Israel protagoniza, cercando y matando de hambre a los palestinos sitiados en los campos de exterminio, queda el hecho de que la vida de las personas sigue en manos de quienes dicen que deberían protegerla. El estado es y será, no hay como deje de ser, un mecanismo de robo, de explotación, de engaño y de muerte.
Pienso en Imagine, de John Lennon, y no puedo dejar de soñar, como mucha gente deberá estar soñando a lo largo y a lo ancho del mundo, con un mundo sin fronteras, sin militares, sin bombas ni fusiles, sin violencia ni muerte.
Yo sé que esto puede parecer imposible, pero algo me dice que un día podremos vivir sin cadenas, sin mentiras, sin engaños, sin corrupción, sin ejércitos ni torturas, sin campos de concentración o de exterminio, sin fuerza bruta, sin estado.
Un mundo sin explotadores ni explotados, donde la existencia de cada uno sea una posibilidad de crecimiento para los demás, y no una condición o posibilidad de explotación, como en el sistema actual. Y cuando digo sistema, me refiero a un modo de relacionarse las personas entre sí, con el tiempo, con las cosas, con la vida, con la naturaleza.
El modo capitalista instaura la relación única de la dominación, de la apropiación privada, del tener en vez del ser. Es un sistema o un modo de relacionarse, que vive de la exclusión, de la separatividad, del yo tengo y vos no, yo soy y vos no.
En el sistema o modo capitalista, el otro o es un obstáculo a eliminar, y ahí viene la lógica bélica, la de la guerra, la del matar para vencer, o bien el otro es alguien a quien dominar, a quien explotar, de quien sacar energías para mi beneficio propio y personal, con exclusión del colectivo o social.
En el mundo sin estado que muchos soñamos, no habrá necesidad de mediadores, de alguien que lucre con la vida ajena, nadie que viva para que otros vivan mejor mientras él o ella se hunde y se degrada, se transforma en cosa. Ese otro mundo es posible, depende de otros estados de conciencia que no son el de la propiedad privada ni el de la exclusión. Supone otra ética, otros principios y otros valores, ya enunciados y practicados por millares de personas por todo el mundo.
terça-feira, 1 de junho de 2010
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