domingo, 20 de junho de 2010
Naciendo
Esa tarde, se sintió súbitamente inspirado. Se puso a escribir, aún sin saber lo que iría a poner en la hoja. Lo hacía por el mero placer de ver lo que iba viniendo. Esto le ocurría muchas veces. Esta mañana, por ejemplo, era el nacer del sol, mejor dicho, el comienzo del día. La descripción del proceso de surgimiento de la luz en la noche, la transformación de la noche, progresivamente, en día. Una obra de arte. Pura observación nomás. El azul ultramar que a las 4:20 se empieza a hacer translúcido. Los primeros pájaros que escuchas. La luz creciente que a las cinco ya es casi totalmente claro. El sol que va apareciendo por entre las nubes grises sobre el mar. El rayo que te hiere, luminoso y amarillo, por entre las nubes grises. La gente caminando por la playa, el mar arrullando, la luz haciéndose más plena. Lo que sientes a esa hora en que el día comienza. Ahora es de tarde, y se escuchan los autos pasando con el sonido alto. El viento que va hacia el mar o de él viene. Las campanillas tocando. En algún lugar de la ciudad, ella. Como hoy de mañana, cuando volvía de caminar, y sabía que ella dormía y yo volvía a casa.
sexta-feira, 18 de junho de 2010
Soy
Soy tantos,
Soy yo.
Soy uno solo.
Soy el dueño de mí mismo.
Soy el eje de mi vida.
Soy mi propio centro.
Soy mi propia casa.
Soy el universo.
Soy yo.
Soy uno solo.
Soy el dueño de mí mismo.
Soy el eje de mi vida.
Soy mi propio centro.
Soy mi propia casa.
Soy el universo.
quinta-feira, 17 de junho de 2010
Volviendo
La sociedad te va extrañando, te va alejando de vos mismo. De pronto no sabés más quién sos, empezás a odiarte y a odiar a todo el mundo. No querés vivir más. Pero un día un espejo, una cara, una mujer, el amor, y empiezas a volver. De a poco, vas volviendo. Vas siendo vos mismo otra vez.
domingo, 13 de junho de 2010
Escrita silenciosa
Há dias em que escrevemos sem escrever. Contamos o ocorrido sem dizer nada, sem que palavra alguma desça até a folha. Hoje é um desses dias. Tudo que quero contar do vivido neste dia, estará no silêncio desta folha.
sábado, 12 de junho de 2010
A vida não pode ser substiuída por nenhuma tecnologia
A vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, da natureza que for: empresarial, comercial, financeira, nem tampouco psicológica, teológica, sociológica ou ideológica.
A vida é mais, é sempre mais, é outra coisa. É algo que se nos escapa de contínuo, quanto mais a tentamos aprisionar, controlar, direcionar.
Dir-se ia que seria mais sábio, como diz a canção, nos deixarmos levar por ela: vida, leva eu.
Não há dia em que não venha alguma lembrança de um passado obscuro, tenebroso, aterrorizante, assustador, a ser visto como o adubo do qual nasce este presente, esta flor de lótus que é a hora atual, este instante fecundo do qual brotam todas as possibilidades.
Não há pessoa que não conviva com alguma sombra, com conflitos interiores que por vezes a levam a pensar que deveria se trair, que não haveria para ela esperança nem horizonte mais à frente.
No entanto, no meio da escuridão, ou às vezes depois da tormenta, aparece a luz. Ela brilha na escuridão de dentro de ti, de mim, de cada pessoa humana, porque isto não é para alguns e não para outros: ocorre com todo existente.
Não há luz sem sombra, diz o Tao. Não há movimento sem quietude, nem dia sem noite ou vida sem morte, a vida é o giro eterno do eterno círculo dos pólos contrários que se complementam na sua oposição.
Ao dizermos que a vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, queremos dizer que a vida é mais, e sempre mais do que as nossas tentativas de compreendê-la e explicá-la, controlá-la ou direcioná-la.
Isto não significa que não se possa ou não se deva planejar, mas é necessário saber que estamos sempre a fazer esboços, e que o traço final será sempre imprevisível, sempre será algo que não estava nos nossos planos, pois a vida é o que nos surpreende, sempre.
A vida é mais, é sempre mais, é outra coisa. É algo que se nos escapa de contínuo, quanto mais a tentamos aprisionar, controlar, direcionar.
Dir-se ia que seria mais sábio, como diz a canção, nos deixarmos levar por ela: vida, leva eu.
Não há dia em que não venha alguma lembrança de um passado obscuro, tenebroso, aterrorizante, assustador, a ser visto como o adubo do qual nasce este presente, esta flor de lótus que é a hora atual, este instante fecundo do qual brotam todas as possibilidades.
Não há pessoa que não conviva com alguma sombra, com conflitos interiores que por vezes a levam a pensar que deveria se trair, que não haveria para ela esperança nem horizonte mais à frente.
No entanto, no meio da escuridão, ou às vezes depois da tormenta, aparece a luz. Ela brilha na escuridão de dentro de ti, de mim, de cada pessoa humana, porque isto não é para alguns e não para outros: ocorre com todo existente.
Não há luz sem sombra, diz o Tao. Não há movimento sem quietude, nem dia sem noite ou vida sem morte, a vida é o giro eterno do eterno círculo dos pólos contrários que se complementam na sua oposição.
Ao dizermos que a vida não pode ser substituída por nenhuma tecnologia, queremos dizer que a vida é mais, e sempre mais do que as nossas tentativas de compreendê-la e explicá-la, controlá-la ou direcioná-la.
Isto não significa que não se possa ou não se deva planejar, mas é necessário saber que estamos sempre a fazer esboços, e que o traço final será sempre imprevisível, sempre será algo que não estava nos nossos planos, pois a vida é o que nos surpreende, sempre.
domingo, 6 de junho de 2010
Caminos de unidad
Existe una profunda convergencia entre la meditación, la desalienación, el placer, el arte, y otras prácticas sociales en que la persona vuelve a ser ella misma.
Entre estas últimas, la terapia comunitaria, que es un espacio de escucha activa de si mismo, en que uno se descubre en el otro, en los otros. Hay un reconocimiento mutuo, se pierde la sensación de separatividad y aislamiento, y se recupera la sensación y la experiencia de unidad. Por un lado, Jung con su abordaje del inconsciente colectivo, por otro lado, las experiencias de meditación como vivenciadas por Jesús, Gandhi, Ramakrishna, San Francisco de Asís.
Uno y otro camino llevan a lo mismo, a la vivencia de la unidad, a una experiencia de que todo está unido, de que formamos parte de la totalidad. Entonces el concepto de Dios no es una entelequia abstacta.
Cuando la persona se descubre parte del todo, o mejor dicho, cuando ella recuerda, vivencialmente, experimentalmente, que ella es parte de la totalidad, toda su vida cambia, para mejor. Deja de sufrir por cosas que antes la afligían, como las sensaciones de pérdida de sentido y vacío existencial, que empujan millares de personas por todo el mundo, a cosas como el consumismo, la drogadicción, la depresión, el suicidio, la anomia, la alienación.
Días atrás, leyendo un libro de Hermann Hesse, reflexionaba sobre lo que el escritor decía sobre su experiencia espiritual. Dice el autor que él podía vivir sin instituciones religiosas, pero no podía vivir sin fe. Rastreando las fuentes cristianas e hinduistas de su experiencia, Hermann Hesse menciona la preocupación insistente, casi obsesiva, del hinduismo con la unidad.
De hecho, el hinduismo, al igual que el mensaje de Jesús (Yo y el padre somos uno), rompe con la disociación, afirmando la unidad. Tú eres Aquello (Tat Tvam Asi). La persona no tiene que transformarse en Dios, ella es Dios. Esta afirmación de radical unidad es revolucionaria, si se piensa que vivimos en un sistema que vive de la separatividad, de la disociación, de la exclusión, del no-reconocimiento de sí, de la anomia y la alienación.
En efecto, el sistema capitalista es eso: la afirmación de la divergencia, mientras que la vida, al contrario, llama a la convergencia. Por eso se dice que el capitalismo es un sistema intrínsecamente perverso. Invierte la realidad, muestra la apariencia y esconde la esencia. Rompe la unidad, crea pedazos, fragmentos de personas, fragmentos de vida. El arte y el placer, por otro lado, son también caminos hacia la unidad. Estas breves anotaciones no pretenden ser más que eso, esbozos de lo que se siente y se vive en busca de la unidad.
Cada uno es un camino hacia sí mismo, y todos, en conjunto, somos caminos de retorno de una humanidad que se pierde en la mercantilización y el utilitarismo, en el objetivismo y la cosificación, y se reencuentra en la solidaridad y en las prácticas de fraternidad. No se necesitan nuevos discursos, nuevas teorías o interpretaciones, sino nuevas experiencias, para ser feliz.
La felicidad está al alcance de la mano, en realidad, en las manos de cada persona, y de la humanidad como conjunto. Consiste en ser uno quien es, y esto se aplica a cada individuo, y a la sociedad, o a las comunidades como la familia, los grupos religiosos o de otra índole. La identidad refleja lo que uno es, y eso se aplica a lo personal y a lo colectivo. La identidad se pierde cuando lo esencial se confunde con lo aparente, y toda disociación es oriunda de la pérdida del sentido original de pertenencia.
El individuo cuando se redescubre vinculado al todo, parte de la comunidad y de la historia, del tiempo y de la vida, se recupera de todos sus males.
Vuelve a ser feliz, con esa felicidad original que se tiene de niño, antes de que los traumas empiecen a hacer llorar a ese niño o niña que, en al vida adulta, somos obligados a traer de vuelta, pues es nuestro primer maestro. Es quien conoce el camino de regreso: el placer, la alegría, la simplicidad, la confianza, la despreocupación. Todos los caminos conducen a Roma, podríamos decir, a título de conclusión provisoria de estas reflexiones. Y los caminos son muchos, tantos cuantas personas hay o hubo en el mundo, pues la continuidad de la vida muestra la conexión indestructible de todo lo que es, lo que fue, y lo que será.
Entre estas últimas, la terapia comunitaria, que es un espacio de escucha activa de si mismo, en que uno se descubre en el otro, en los otros. Hay un reconocimiento mutuo, se pierde la sensación de separatividad y aislamiento, y se recupera la sensación y la experiencia de unidad. Por un lado, Jung con su abordaje del inconsciente colectivo, por otro lado, las experiencias de meditación como vivenciadas por Jesús, Gandhi, Ramakrishna, San Francisco de Asís.
Uno y otro camino llevan a lo mismo, a la vivencia de la unidad, a una experiencia de que todo está unido, de que formamos parte de la totalidad. Entonces el concepto de Dios no es una entelequia abstacta.
Cuando la persona se descubre parte del todo, o mejor dicho, cuando ella recuerda, vivencialmente, experimentalmente, que ella es parte de la totalidad, toda su vida cambia, para mejor. Deja de sufrir por cosas que antes la afligían, como las sensaciones de pérdida de sentido y vacío existencial, que empujan millares de personas por todo el mundo, a cosas como el consumismo, la drogadicción, la depresión, el suicidio, la anomia, la alienación.
Días atrás, leyendo un libro de Hermann Hesse, reflexionaba sobre lo que el escritor decía sobre su experiencia espiritual. Dice el autor que él podía vivir sin instituciones religiosas, pero no podía vivir sin fe. Rastreando las fuentes cristianas e hinduistas de su experiencia, Hermann Hesse menciona la preocupación insistente, casi obsesiva, del hinduismo con la unidad.
De hecho, el hinduismo, al igual que el mensaje de Jesús (Yo y el padre somos uno), rompe con la disociación, afirmando la unidad. Tú eres Aquello (Tat Tvam Asi). La persona no tiene que transformarse en Dios, ella es Dios. Esta afirmación de radical unidad es revolucionaria, si se piensa que vivimos en un sistema que vive de la separatividad, de la disociación, de la exclusión, del no-reconocimiento de sí, de la anomia y la alienación.
En efecto, el sistema capitalista es eso: la afirmación de la divergencia, mientras que la vida, al contrario, llama a la convergencia. Por eso se dice que el capitalismo es un sistema intrínsecamente perverso. Invierte la realidad, muestra la apariencia y esconde la esencia. Rompe la unidad, crea pedazos, fragmentos de personas, fragmentos de vida. El arte y el placer, por otro lado, son también caminos hacia la unidad. Estas breves anotaciones no pretenden ser más que eso, esbozos de lo que se siente y se vive en busca de la unidad.
Cada uno es un camino hacia sí mismo, y todos, en conjunto, somos caminos de retorno de una humanidad que se pierde en la mercantilización y el utilitarismo, en el objetivismo y la cosificación, y se reencuentra en la solidaridad y en las prácticas de fraternidad. No se necesitan nuevos discursos, nuevas teorías o interpretaciones, sino nuevas experiencias, para ser feliz.
La felicidad está al alcance de la mano, en realidad, en las manos de cada persona, y de la humanidad como conjunto. Consiste en ser uno quien es, y esto se aplica a cada individuo, y a la sociedad, o a las comunidades como la familia, los grupos religiosos o de otra índole. La identidad refleja lo que uno es, y eso se aplica a lo personal y a lo colectivo. La identidad se pierde cuando lo esencial se confunde con lo aparente, y toda disociación es oriunda de la pérdida del sentido original de pertenencia.
El individuo cuando se redescubre vinculado al todo, parte de la comunidad y de la historia, del tiempo y de la vida, se recupera de todos sus males.
Vuelve a ser feliz, con esa felicidad original que se tiene de niño, antes de que los traumas empiecen a hacer llorar a ese niño o niña que, en al vida adulta, somos obligados a traer de vuelta, pues es nuestro primer maestro. Es quien conoce el camino de regreso: el placer, la alegría, la simplicidad, la confianza, la despreocupación. Todos los caminos conducen a Roma, podríamos decir, a título de conclusión provisoria de estas reflexiones. Y los caminos son muchos, tantos cuantas personas hay o hubo en el mundo, pues la continuidad de la vida muestra la conexión indestructible de todo lo que es, lo que fue, y lo que será.
sexta-feira, 4 de junho de 2010
Reconstrucción
No hay ningún mérito especial en que una persona haya sobrevivido a una catástrofe, aún que esta catástrofe no haya sido natural sino planeada cuidadosamente, como la operación masacre ejecutada en Argentina por el llamado ejército nacional, entre 1976 y 1982, completada, en sus aspectos económicos y sociales, por el gobierno de Menem.
Unos destruyeron la gente, las instituciones, la confianza, los valores humanos como un todo. Este último, continuó la obra destructiva entregando lo que restaba de la riqueza nacional al extranjero. Se perdieran así, los teléfonos, el petróleo, sectores claves de la economía y de la subsistencia del país, dejándolos en manos del interés privado.
Quien tuvo la suerte o el destino de sobrevivir al genocidio que el nazismo asestó a nuestro pueblo y a nuestra patria, pudo, de a poco, con el auxilio solidario de mucha gente, irse rehaciendo, y lo seguirá haciendo, pues la tarea es constante, cotidiana.
Lo que la antipatria destruyó de un golpe, lo viene uno recomponiendo en minúsculos y repetidos actos diarios, año tras año, minuto a minuto, día tras día.
Si la Argentina se recompondrá de las sucesivas destrucciones a que la sometieron los gobiernos antinacionales y antipopulares desde mediados de la década de 1950 hasta hoy, es algo que está por verse. La resiliencia no se aplica sólo a personas, sino a países, me parece. Quiero creerlo.
Si es así, cabe esperar que con la misma fuerza que nos azotaron como personas y como pueblo, como país, como Argentina, podremos levantarnos con tanta o más fuerza que la que usaron para intentar aniquilarnos.
Unos destruyeron la gente, las instituciones, la confianza, los valores humanos como un todo. Este último, continuó la obra destructiva entregando lo que restaba de la riqueza nacional al extranjero. Se perdieran así, los teléfonos, el petróleo, sectores claves de la economía y de la subsistencia del país, dejándolos en manos del interés privado.
Quien tuvo la suerte o el destino de sobrevivir al genocidio que el nazismo asestó a nuestro pueblo y a nuestra patria, pudo, de a poco, con el auxilio solidario de mucha gente, irse rehaciendo, y lo seguirá haciendo, pues la tarea es constante, cotidiana.
Lo que la antipatria destruyó de un golpe, lo viene uno recomponiendo en minúsculos y repetidos actos diarios, año tras año, minuto a minuto, día tras día.
Si la Argentina se recompondrá de las sucesivas destrucciones a que la sometieron los gobiernos antinacionales y antipopulares desde mediados de la década de 1950 hasta hoy, es algo que está por verse. La resiliencia no se aplica sólo a personas, sino a países, me parece. Quiero creerlo.
Si es así, cabe esperar que con la misma fuerza que nos azotaron como personas y como pueblo, como país, como Argentina, podremos levantarnos con tanta o más fuerza que la que usaron para intentar aniquilarnos.
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