terça-feira, 15 de setembro de 2009

Mi abuela Mamina (Juana María del Signore)


Conocí a mi abuela Mamina en la casa de Leonidas Aguirre 313, en Mendoza. Ella llegaba de tren con una valija enorme, de cuero duro, de esas que se usaban entonces. Traía caramelos de dulce de leche, que yo no conocía hasta entonces. Entonces, entonces, antiguamente. Antiguamente era palabra usada frecuentemente por Mamina, Nina.

Pronuciaba las “ll”, como nadie en Argentina hacía ni hace aún. Calle, llave. Le gustaban los crucigramas literarios de Clarín, que resolvía con rapidez inaudita. Le gustaba la literatura inglesa, de mujeres. Las hermanas Bronte. Virginia Woolf. Thomas Mann, Los Brodenbrook, Elias Castelnuovo, de quien era amiga y a quien conocí en Mendoza, Borges, escritores y escritoras cuyos nombres iba conociendo a medida que iba trayendo los libros de la Biblioteca San Martín, en la Alameda.

Las flores, las hortensias, las glisinas, los miosotis o nomeolvides, todas la recuerdan y esta tarde yo, Mamina, te recuerdo también. Te gustaba Chiquitita, la canción de Abba, no sé si cantada por ellos o por quién. La cautiva, de Cafrune. Te enfermaban la cabeza las charlas interminables con el Carlitos Martín o con el Charly Herrera. Pero te gustaba hablar con Julio Pérez Saraceno, que conociste en San Genaro, cuando se llevó parte de la biblioteca de Chogo a San Ignacio.

Isolina, tu amiga, vino a verte una vez a la casa de la calle Clark, y andaba descalza por el pasto mojado por el rocío de la mañana y se reía mucho. Era irreverente y te gustaba, te reías mucho. Me gustaba ir a comprarte tus pitillos, como llamabas a los cigarrillos, de los cuales uno por dia fumabas. N´anche el veleno, poco, fa male, decías. De tu dolor, haz una flor, decías, en italiano. Fa un fiore. Te gustaba Heinrich Heine, el poeta.

Te hiciste amiga de la enfermera que vivía para debajo de la calle Clark y de Don Batista, el mecánico del ferrocarril, italiano, que moraba enfrente. La lavanda te trae, Mamina, otra vez. Una vez me regalaste un libro dedicado a mi nieto Rolando, sociólogo, poeta y pintor, era en 1973, las Cartas a Théo, de Vincent Van Gogh.

Un día te fuiste y yo no estaba, me había venido a Brasil, donde sigo aún, y cambiamos cartas durante años. Te gustaban, como a mí, las estampillas, de las que hiciste álbumes inmensos. Omar, tu hijo y mi papá, te llamaba Babitru, Ninoska. Leo y Arturo no tuvieron la gracia de convivir con vos tantos años, no sé cuántos, pero te visitaban en Buenos Aires cuando te fuiste a vivir con Alma, Nora, Andrés, Carlos e Irene.

No me acuerdo bien qué tiempo fue ese. 1973, el año de la dedicatoria de libro de Van Gogh. El vino del estío, de Bradbury, que debo haber conocido por vos, lo llamabas Vino de Estío. No sé qué más diría, que te extraño, que siento falta de vos, todo es verdad, y también es verdad que te quiero, que te seguiré queriendo hasta que volvamos a encontrarnos adonde estás, y desde donde has venido a visitarme ahora, por primera vez, hasta donde puedo percibir.

Gracias, Mamina. Gita, mi mamá, a quien conociste antes que yo en San Genaro, ya está allí también, y con Ramón, Dom Fragoso, tantos seres, conviven en un mundo que nos es dado visitar de vez en cuando, como esta tarde de septiembre de 2009. Fuiste amiga de la Pela Vimo, de Oscar Grandov, de Maritano, a quien llamabas el Maestro. Bueno, Nina, por ahora es esto, hasta pronto, espero.

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